Londres vivió una noche de verano con la Simón Bolívar


crónica
Josefina Ruggiero
Enviada especial/Londres

En escena estuvieron 165 músicos, que fueron ovacionados a rabiar por el público. cortesía orquestas juveniles e infantiles de venezuela

La serpentina humana que subía y bajaba, iba y venía por los alrededores del Royal Albert Hall no dejaba indiferente a nadie -considerada incluso tradición londinense en los días estivales. Pero mucho menos a una venezolana, que constataba en primera persona lo que ya los registros de los medios de comunicación nacionales e internacionales han mostrado: la Orquesta Simón Bolívar y su director, Gustavo Dudamel, tienen sus fans ganados en los Proms, el festival de música clásica más antiguo y popular del viejo continente.
Esa conquista fue en 2005, cuando debutaron, y la batuta de Dudamel fue merecedora del Premio Anillo de Beethoven. 



El viernes 5 de agosto se presentaron por segunda vez, y desde muy temprano en la mañana empezaron a congregarse los apasionados de la música clásica que, año tras año, se dan banquete con los Proms, creados en 1895, y que se extienden durante ocho semanas. La cadena británica BBC no les pierde pisada y transmite en vivo a todo el mundo.

Las filas cobraban más cuerpo en la medida en que avanzaba la fresca tarde de verano. Adultos, abuelitos, jóvenes y niños -unos con sillas, otros con cojines, también con paraguas, sombreros, manteles e instrumentos musicales- convivían en las larguísimas colas a la espera de entrar a las 8:00 pm en la sala principal.

Lo hacían dotados con botellas de agua, frutas jugosas, cremosos helados, variados sándwiches, apetitosas ensaladas. Lo más parecido a un picnic, pero fuera del emblemático Hyde Park, que colinda con el legendario teatro en la céntrica zona de Kensington, que ordenó construir la reina Victoria en memoria de su marido, e inaugurado en 1871.

Ese ambiente festivo se mantiene desde aquellos tiempos en los que la gente paseaba y disfrutaba a la vez de la música de los Promenades (paseos hacia los conciertos) que se popularizaron a mitad del siglo XVIII y que marcan la inspiración de las citas de hoy.

En fin, una fiesta que invitaba a compartir y a seguir descubriendo rostros, miradas, experiencias, pero sobre todo a confirmar el respeto, la admiración y, también, la expectativa frente a Dudamel y la Simón Bolívar, que ese viernes abordaron la Segunda Sinfonía de Mahler.

El actor británico Simon Callow, quien dos días antes leyó acompañado por la orquesta tres textos sobre las obras que Tchaikovsky compuso inspirado en Shakespeare en el Festival de Salzburgo, destacó en Times que "…la energía física que generan estos ejecutantes es casi amenazadora. Hay 16 contrabajos, 24 primeros violines, ocho cornos, cuatro trompetas y percusionistas que tocan como si quisieran hacer astillas sus instrumentos. La pasión es extrema. (…) pienso en lo inmensamente conmovido que hubiese estado Tchaikovsky de ver a esta gente joven vertiendo sus sentimientos y talentos en estos sedosos compases".

A Dudamel lo consideran un genial director y a José Antonio Abreu, el Nelson Mandela de la Música, a quien "… le di la mano con calidez, pero me hubiese gustado ponerme de rodillas. Este hombre es uno de los grandes héroes de nuestros tiempos…".

Las palabras de Callow, reconocido por su dominio shakespereano, parecían el preámbulo de lo que pasaría la noche del concierto, que convocó al variopinto público que plenó el salón principal, donde los colores rojo y oro embriagaron la vista.

De una regia arquitectura neoclásica, en el centro de la sala destaca la famosa arena, donde los llamados Promenades disfrutan de pie el espectáculo, mientras el resto de las personas lo hace en las butacas.

Todo es alegría, informalidad, saludos, abrazos, encuentros. La capacidad física -algunos afirman de 8.000 y otros 5.250- explica en sí los decibeles de la algarabía montada por tamaña audiencia; y en medio de ese gentío se aprecian de pronto banderas venezolanas, gorras y también las familiares chaquetas con el tricolor nacional, que con frecuencia los músicos de la Bolívar, luego de lucirlas en los conciertos, las lanzan a los espectadores que saltan, brincan, a la caza del souvenir.
Más allá de la arena se alza el escenario a los pies del órgano más grande de Inglaterra, que en esa oportunidad fue ejecutado por el maestro venezolano Pablo Castellanos.

De lado y lado estaba dispuesto el numeroso Coro Nacional Juvenil de Gran Bretaña. El programa era exigente y conocido por los seguidores de Mahler, caracterizados por su celo a la hora de la interpretación. También contó con las voces de la contralto Anna Larsson y la soprano Miah Persson, ambas suecas.
El parloteo de los asistentes empezó a bajar en la misma proporción que los 165 muchachos y muchachas de la orquesta tomaron sus puestos, y cedió por completo cuando entró en escena el director de desenfadada melena.
Los aplausos dieron la bienvenida y el resto fue una suma de emoción que parecía ir calando movimiento tras movimiento en esas personas que al final se expresaron a través de un ensordecedor y abrumador aplauso bajo la hermosa cúpula inglesa del Albert Hall.

Nuevamente, la Simón Bolívar fue centro de orgullo y de esperanza en un país donde las buenas noticias y la armonía escasean. Si París bien vale una misa, Londres bien vale un concierto de El Sistema. Así lo vieron estos ojos.
jruggiero@cadena-capriles.com

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