Cosas del habla venezolana



El lenguaje políticamente correcto emana de la noble causa de evitar la injusticia que pueda entrañar el uso de una determinada palabra. Con el uso y ampliación de la terminología políticamente correcta piensan sus promotores se contribuye a eliminar la exclusión social de grupos minoritarios, preteridos o en desventaja, víctimas de connotaciones incorrectas en el habla común que construye una realidad a conveniencia de los poderosos.
Lo políticamente correcto ha cobrado especial fuerza en sociedades modernas que recién superan taras como la segregación racial, como es el caso de los Estados Unidos, donde la malsonante nigger que refiere peyorativamente a una persona de piel negra se evita al punto de mecionarla como "the n word" (la palabra n). Tal extremo de corrección política encierra, no obstante, una paradoja, puesto que la enfática elusión de la mala palabra, puede traer una mayor carga de mala voluntad. La incorrección no es siempre de las palabras, sino de quien las pronuncia.
Últimamente, en vista de hechos noticiosos recientes, se ha visto el uso cada vez más generalizado del término "privados de libertad" para referirse a los encarcelados, como si así se hiciera menos penosa la condición de estar preso.
Son los escollos que encuentra esa tendencia política y moral de convertir la lengua en un órgano que no ofende, que no excluye, que no desprecia, lo que en el fondo, si a ver vamos se antoja poco menos que una quimera.
No pueden las lenguas ser territorio neutral; no es posible esterilizar las palabras. Cada vocablo que se pronuncia a diario lleva tras sí una historia de siglos que no puede ser borrada en un solo gesto de buena voluntad.
En todo caso, lo apropiado, tal vez sería, tener un conocimiento de la lengua, de sus términos y significados lo suficientemente profundo para usar el idioma que nos ha sido dado en herencia con la mayor conciencia posible de lo que se quiere decir, significar, connotar, metaforizar.
Buenas y malas palabras
La mayor contribución al uso siempre conciente de la lengua la han hecho lingüistas como Angel Rosenblat, ese gran estudioso del habla venezolana que legó una obra monumental, de la que el público ha dado mayor uso a ese libro imprescindible Buenas y malas palabras.
Para Rosenblat, no obstante, no había palabra mala: "Toda palabra cualquiera sea la esfera de la vida material o espiritual a que pertenezca, tiene dignidad e interés histórico".
En la línea de esa "filología de puertas abiertas" aparece un minucioso estudio del habla del venezolano a través de las épocas de Josefina Falcón de Ovalles, profesora de lengua y literatura y miembro correspondiente de la Academia Venezolana de la Lengua: ¿Cómo es su gracia?, un aporte al estudio del léxico venezolano, publicada en dos tomos (Celarg, 2011).
La académica hace un recorrido por usos y costumbres del siglo pasado para ilustrar cómo determinadas actividades iban enriqueciendo el léxico del venezolano.
Palabras y términos referidos al ámbito doméstico y al intercambio social fueron entramando un habla nacional cuya vigencia se mantiene, pese a todo, en unos casos sí y en otros no: "casa de vecindad", "tocador", "catre", aun se oyen, mientras que ya nadie habla de "pianola" o "vitrola"; "retreta " es palabra que va quedando solo para nombrar a la de la Plaza Bolívar.
La distinción de "doña" se destinaba solo a las damas pertenecientes a la clase de la "gente bien", indistintamente de la edad; su contracción "ña" aludía a una mujer de extracción pobre: "ña Petra". Hoy día, uno no puede decirle doña a ninguna.

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