Venezolan@s: espectadores bob@s

Más preciada para Edgar que una estatuilla: la mermelada de guayaba que su padre le envió desde Los Andes

En los años '70 y '80, Venezuela no pudo dar talentos de la talla de los que actualmente descuellan en tantas disciplinas a nivel internacional. ¿Para qué esforzarse tanto si todo era chévere y aun flojeando la pasábamos "bomba"? Pero luego de estos años de sinsabores y enfrentamientos, empiezan a eclosionar los talentos.
Gustavo Dudamel y el Sistema Nacional de Orquestas Juveniles; Jonathan Vega en el PGA Tour; Pastor Maldonado en la Fórmula 1; la vinotinto, semifinalista en la Copa América por encima de Argentina, Brasil, Colombia y Chile; decenas de jugadores en las Grandes Ligas; Greivis Vásquez en la NBA; misses como monte; y Edgar Ramírez nominado a los Globos de Oro, ganador del César francés y ahora nominado a los Emmy. ¿Qué más necesita uno para creer que sí se puede?
Claro que también es fácil chulearse la luz ajena. Vestirse de vinotinto, poner en el carro una banderita de Venezuela, brincar en una plaza delante de una pantalla gigante y caerse a curda con los panas. Pero, (acuérdense de Kennedy) ¿qué hacemos nosotros por la vinotinto, por las orquestas infantiles, por el golf, el béisbol o por nuestra cinematografía ahora que un actor ha puesto a Venezuela a vibrar en el cine mundial?
Como decía Leonardo Padrón en un tuit, "si tienes sangre en las venas irías a ver la película Carlos, El Chacal en las salas de cine".
Pese a los miles de tuits, cadenas de Facebook o comentarios cotidianos en los que la gente se llena de orgullo hablando de Edgar Ramírez, sin embargo, las copias piratas que se venden en plazas y avenidas son una seria amenaza para la rentabilidad de la cinta en Venezuela. Todos andan comprándole a las mafias de la piratería... ¡Bonita la solidaridad de los venezolanos!
Si -de verdad, verdad- nos importaran las orquestas juveniles apoyaríamos la película Dudamel, El sonido de los niños: el filme en seis semanas apenas ronda los 60.000 espectadores. Uno se pregunta: ¿dónde están los 200.000 muchach@s que han pasado por el sistema nacional de orquestas juveniles, sus primos, padres, madres, novias, panas? Ello debería arrojar, al menos, un millón de espectadores.
¿Cómo vamos a esperar el surgimiento de un pequeño milagro en el cine nacional si una película como Reverón de Diego Rísquez apenas la han visto 70.000 espectadores en ocho semanas? Y miren que se trata de Armando Reverón, el único artista plástico venezolano que ha sido expuesto en la catedral del arte moderno que es el Moma de Nueva York.
Mientras tanto, la chiquillada local se desboca a "trancazo limpio" desesperada por ver Harry Potter, que metió 256.000 personas en los cines solo en el primer fin de semana.
Pasemos por alto a Potter que es una saga cinematográfica y literaria importante; veamos, por ejemplo, a Kung Fu Panda 2, que supera en seis semanas 1.200.000 espectadores. Y los rápidos que andan furiosos motivan la mirada local de 1.115.000 compatriotas. ¿Qué está pasando?
Es cierto que La hora cero y Hermano convocaron centenares de miles de espectadores, pero sus temáticas de barrio, violencia y drogas son recetas que cierto público espera, una especie de morbo que lo convoca a las salas, para ver lo peor de nosotros mismos. Incluso La hora cero reproduce el estilo narrativo de las miniseries estadounidenses: ¿será ese su gancho comercial? Y ni Carlos, ni Dudamel… ni Reverón cumplen con esas morbosas expectativas.
Mientras no apoyemos temáticas que se salgan del molde de la violencia fácil, difícilmente nuestra cinematografía encuentre espacios de expresión y creación que la hagan trascendente como para lograr hitos similares a los del fútbol, los concursos de belleza, la Fórmula 1 o el béisbol.
En el cine, al menos ya contamos con un gran actor que nos sirve como tarjeta de presentación internacional. ¿Y qué decía Edgar durante su corta estadía en Caracas acerca de su éxito? Trabajo, trabajo y más trabajo, tesón, esperanza, fe, y sobre todo que está luchando para otorgarle todos esos logros a nuestro país. Y no creo que lo diga por demagogia. Es un tipo sencillo, que ama a su familia, y que se enternece cuando su padre le envía una mermelada de guayaba desde allá, desde Los Andes, caserita, la misma con la que untaba el pan de trigo cuando era un niño.
Me encanta la industria de Hollywood, y voy a ir a ver Harry Potter cuando bajen las colas. No albergo resentimientos contra EEUU, porque su pueblo y su gobierno siempre me han respetado y me han tratado de primera, aunque yo provengo de la vieja izquierda del MAS. Entiendo además que de la supervivencia de las salas depende asimismo la supervivencia del buen cine nacional y extranjero; si blockbusters como Harry Potter son los pilares del sistema, pues bienvenidos sean, siempre que quede un espacio razonable para esas películas sublimes que nos hacen pensar que el cine además de industria, también puede ser un arte.
Pero aunque los distribuidores y exhibidores hagan esfuerzos para apoyar el buen cine y traer y exhibir Carlos o las películas de Woody Allen, si usted como espectador no las apoya, van a desaparecer de las salas. Si usted no lo apoya, no va a ver a un venezolano desfilando por la alfombra roja del Teatro Kodak, y no va a poder gritar pegado a la pantalla del televisor: ¡viva Venezuela!
En conclusión, cada vez que uno se vanaglorie de estos hitos de la venezolanidad, deberíamos pensar ¿qué estamos haciendo para merecer esto?, ¿qué debemos hacer para seguir mereciéndolo? Apoyar a los equipos y a las orquestas o ver las buenas películas venezolanas y extranjeras en el cine, comprometernos con lo público, son diversas formas de contraprestación por esos dones.



Coordinador: Bernardo Rotundo (presidenciagrancine@gmail.com; b.rotundo@grancine.net)
Equipo Gran Cine: Pablo Abraham (p.abraham@grancine.net), María Helena Freitas (m.freitas@grancine.net ), Óscar Reyes Matute (oreyes10@gmail.com)
Óscar Reyes Matute
Especial para Emen




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